A propósito de un libro

A propósito de un libro

 A PROPÓSITO DE UN LIBRO

 
Acabo de leer un libro. Su título es “Teología de la Renovación Carismática”. Su autor, Chus Villarroel. Y a propósito del libro y de su autor quiero hacer algunas reflexiones.
Yo diría, para empezar, que es el libro de madurez de Chus. He leído algunos de sus muchos escritos, he hablado mucho con él, y creo que puedo decir que en este libro que acaba de publicar ofrece a quien lo lea una síntesis de su experiencia carismática y de su pensamiento, que aquí llama teológico.
Chus no ha disociado nunca la experiencia del pensamiento. Su pensamiento ha sido siempre, y sobre todo en este libro, un intento de formular una experiencia. Hasta donde se puede, como dice él. El, entregado a la filosofía y a la enseñanza universitaria durante muchos años, un día dice adiós a ese campo, que le hubiera reportado algunas glorias, y se entrega a la predicación de lo que el Espíritu le da gratuitamente y él experimenta agradecido. Para entender a Chus y todo lo que escribe, hay que tener en cuenta este giro de su vida. Como para entender a San Pablo, hay que entender su experiencia en el camino de Damasco. Bien se dice: “cada uno tiene su camino de Damasco”. El de Chus yo me atrevo a decir que fue ese momento de su vida. Después vino el relativizar cargos, estructuras, obras, etc.
Lo mismo hay que decir de su estilo. Podría perfectamente ser académico, universitario. Pero, no. Es sencillo, anecdótico, de andar por casa, por la cocina frecuentemente, para que todo el mundo le entienda, incluso hablando de las cosas más sublimes del Espíritu. Chus ha roto todos los esquemas, en su ser y en su quehacer, para acercarse a la gente y hablarles del Amor de Dios o del Dios Amor, manifestado en Jesucristo y experimentado por el Don de su Espíritu.
¿ Dónde lo encontró, dónde lo vive y celebra sobre todo, dónde lo anuncia? En la Renovación Carismática. Y escribe sobre todo para la Renovación. También este libro que quiero comentar. Porque es allí donde encuentra eco y acogida, donde es entendido. ¿Por qué? En definitiva, porque a Dios sólo le entiende de verdad el mismo Dios. En la Renovación el Espíritu de Dios invade a todos, habita en todos, se en todos, en el predicador y en la asamblea. Los tonos son distintos, los dones, los carismas pero, como dice S. Pablo, el Espíritu es el mismo. Sobre esta realidad hace Chus su teología en este último libro suyo.
Su teología es una teología de la experiencia, de la experiencia del Espíritu como Don de Jesucristo Resucitado que, por medio de él, continúa su obra en la Iglesia y en el mundo en un continuo Pentecostés. La efusión del Espíritu, el bautismo en el Espíritu, es la clave de la Renovación Carismática. La Renovación carismática no es un movimiento más en la Iglesia. Como fue en los comienzos del cristianismo, es un soplo del Espíritu, una corriente que quiere renovar una y otra vez a la Iglesia. Después de la Resurrección del Señor, comenzó el tiempo del Espíritu que continúa su obra y que nunca la abandonará. Como escribe Chus en este libro, los distintos movimientos carismáticos que a lo largo del tiempo han surgido en la Iglesia son el mayor testimonio de esta verdad. La Renovación Carismática se sitúa en esta línea. Su pretensión no es otra que renovar las estructuras, los movimientos y colectivos eclesiales, para que en ellos y a través de ellos se haga patente la presencia de Jesús Resucitado, el Señor y Salvador.
Por eso, todo comienza por el anuncio del kerigma, de Jesucristo Muerto y Resucitado, como fue en un principio. ¿Qué hacemos ahora, hermanos?, preguntaron los que escucharon el primer kerigma cristiano. Bautizaos, les contestó Pedro. Y, bautizados, recibieron el Espíritu (Hch.2, 37-38). Lo mismo ocurre en la Renovación Carismática. Allí comenzó la Iglesia. Aquí se renueva la Iglesia, cuya alma es y será siempre el Espíritu Santo. El Espíritu es el principio de la Iglesia y es principio de todo en la Iglesia. De su vida, de su acción y de su reflexión. De ahí que hablar de teología de la Renovación Carismática, es hablar de una teología de principios.
Al hablar de la teología, los teólogos han hablado de una teología de principios y una teología de genitivo. Teología de principios es aquella que establece unos principios, siempre tomados de la Revelación, a partir de los cuales se formulan los distintos tratados de la teología: teología de Dios, de Jesucristo, de la Iglesia, de la moral cristiana, etc. La preposición de es preposición de genitivo. Desde este planteamiento, la Teología de la Renovación Carismática no es una teología de genitivo, un tratado más de la teología, sino una teología de principios. Es decir, una teología que establece unos principios a partir de los cuales hay que formular (o reformular) todos los tratados de la teología, los que se enuncian con la preposición de. Así de pretenciosa es la Teología de la Renovación Carismática o tal es la pretensión de esta teología, la renovación que propone a la teología. Pero, ¿no tendrá razón Chus al proponerla de esta forma? Él no la llama así. No porque no lo sepa, sino porque no le interesa demasiado o nada la posible polémica que se pueda desencadenar a este propósito. Lo suyo es lo que hace: narrar una experiencia, animar a una praxis y dejar caer unas ideas que pueden ser principios para un nuevo quehacer teológico o para la renovación de la teología. Por eso yo la llamo teología de principios.
En el principio está Dios y Dios es el principio de todo, también en teología. Es el Dios que está implícito en el kerigma, que se anuncia al principio de todo quehacer cristiano. Es el Dios de la Pascua, el que pasa por la historia del hombre, buscándole desde el primer paraíso y, por pura gracia y gratuitamente, le va conduciendo hacia el paraíso definitivo donde encuentre la deseada felicidad. Dios es el da y se da. Lo cual se quiere indicar en la Renovación y en la Teología Carismática con la palabra Don o Espíritu, o Don del Espíritu.
Jesucristo. ¿Quién es Jesús? Para esta teología (y para toda teología) es el Cristo, el Hijo de Dios, el Ungido por el Padre, el Mesías, el Señor, el Don definitivo, la gracia. Todo. Él realiza el paso más claro y revelador del Padre por la historia de los hombres. Él, con nuestra carne asumida y redimida, nos pasa al Padre y nos coloca a su derecha, donde nos va recibiendo a cada uno en la hora suprema. Él ha sido resucitado y hecho espíritu vivificante (1Co.15, 45) para continuar su tarea salvadora en nuestro mundo hasta que todo y todos lleguemos a la plenitud en Dios y todo sea entregado al Padre (1Co. 15, 24). Como dice San Pablo (1Co. 1, 30) y Chus reproduce maravillosamente en el Capítulo siete de su libro: Jesucristo es nuestra justicia. En él y por él todos hemos sido justificados, salvados por pura gracia, gratuitamente (Ef. 2, 5). Desde aquí, según la Teología Carismática, habría que construir toda la Cristología.
¿Y qué decir de la Iglesia, de la Eclesiología? No hay que perder de vista el principio, diría y dice Chus. Es una continuidad de la Cristología, de esta Cristología. La Iglesia es la agraciada, la esposa, la ungida, la habitada por Jesucristo. Es la comunidad de los reunidos por su Espíritu. Es una comunidad de pobres de espíritu, de sencillos y humildes (¡qué bien se ven en la Renovación!), pero llenos de la experiencia del amor gratuito de Dios. Por eso, cuando se reúnen, la oración espontánea y principal es la Alabanza. Seguirán las súplicas u otras formas de plegaria. Pero todo está envuelto de la alabanza, la acción de gracias y el abandono en Dios el Padre.
La vida cristiana y la Moral en esta teología, como dice Chus, invierte los valores y el proceso. Para evitar todo pelagianismo, semipelagianismo y luteranismo. Todo es gracia y gracia gratuita. La vida cristiana comienza por el Don de Dios, por la mística y no por la ascética. No es que no haya obras. Hay obras, y más abundantes, pero son obras nuevas, las que proceden de la gracia (Ef. 2, 4-10). La santidad carismática, y toda santidad cristiana que se precie de tal, es un problema de agradecimiento. Dios nos ha amado primero, incluso cuando éramos pecadores (Ro. 5,8; 1Jn. 4,-10). Y, agradecidos a Dios y bajo su misma gracia, tratamos de ser santos. Todo es gracia, decía ya Santo Tomás. Por supuesto, la perseverancia final. Esta es la clave de la moral carismática, de toda moral cristiana. El principio desde el que hay que elaborar toda la teología moral: virtudes, dones, estados de vida, ascética y mística.
Los sacramentos son los canales más seguros (ex opere operato, se ha dicho) del don del Espíritu, de la gracia gratuita, por los que nos ponemos en contacto con Cristo Resucitado. Él ha querido que fuera así hasta su vuelta, para asegurar su presencia y su fidelidad a la Iglesia. Hay un sacramento, la Unción, que hace referencia directa y explícita a los enfermos. Pero todos los sacramentos son purificadores, sanadores, porque todos nos ponen en contacto con Jesucristo, que vive y es salud y salvación. La Renovación Carismática y la Teología Carismática ha redescubierto el poder sanador que Jesucristo confía a los Apóstoles, a la Iglesia, como parte integrante del envío misionero (Mc. 16, 15-18). Este poder ha de volver a brillar de nuevo en la Iglesia, sobre todo en la praxis sacramental. Pero también más allá de los sacramentos, en los sacramentales, junto con la predicación y la oración de intercesión. La Renovación Carismática lo sabe muy bien, y está siendo un don de Dios a la Iglesia y al mundo. Jesús, que resucitado ha perdido visibilidad, ha ganado presencia a través de las múltiples presencias de los creyentes. Pero hay que creérselo. Y, en su nombre, echar las redes e imponer las manos a los que acuden pidiendo su auxilio, como se hace en la Renovación. Esta praxis y esta teología pueden ayudar a la Iglesia entera a recuperar este don, dormido o aletargado durante tanto tiempo en los pliegues de la Iglesia, pero depositado en ella por el Señor. Los santos sí lo sabían y muchos ejercieron este ministerio.
El último tratado de los manuales de teología suele ser la Escatología, los llamados Novísimos en los libros clásicos. Pero quizás de esto hay que decir también ¿por qué lo último y no lo primero? La escatología trata de las cosas últimas, como indica la misma palabra. Pero las cosas últimas ya están aquí desde la encarnación del Hijo de Dios. Dios ya nos ha dado lo nuevo, lo último, al menos en arras, como dice San Pablo ( 2 Co. 1, 22; 5, 5). Dios ya nos ha dado todo, se ha vaciado de Sí mismo, nos ha dado a su mismo Hijo, su Espíritu, su Vida. Sólo nos queda disfrutar en plenitud de lo que ya tenemos. Esta es la novedad cristiana, que no tiene que ver nada con una religión. Esto es el cristianismo, la Buena Nueva, que el Señor Resucitado ha confiado a su Iglesia. Para que viva de ella y por ella todo quede transformado, cambiado, salvado, celebrado. Hasta el mismo pecado, el dolor y la muerte. ¿Quién podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús? (Ro. 8, 31-39). Y en este último tiempo, el escatológico, en el que vivimos hasta la vuelta del Señor, que no sabemos cuándo llegará ni nos interesa, nuestra misión es anunciar esta Noticia, acompañándola de los signos del amor de Jesús Resucitado, que vive y es el único Salvador: la caridad y la sanación. ¡Qué bien lo sabe la Renovación Carismática y qué bien lo presenta la Teología Carismática!
Llegado a este punto de mi comentario a propósito de este libro de Chus, creo que he dicho lo más importante que quería decir. Podrían decirse otras muchas cosas. Me gustaría que no se dijera una y se despachara así este libro: esto es simplemente teología espiritual o espiritualidad, y no afecta para nada a la teología en general. Creo que ciertamente es teología y espiritualidad y sirve mucho a la vivencia espiritual. Pero, reduciéndolo sólo a esto, no se le daría todo el valor que tiene este trabajo de Chus, que ha dedicado tanto tiempo de su vida a esta praxis pastoral y a su formulación en éste y en otros libros.
Sólo me queda agradecerle su esfuerzo y desearle satisfacción y paz por su trabajo bien cumplido. Al libro, que sea muy leído y provechos para los que lo lean.
 
 
Marcos Ruiz O.P.