45. Murió el carretero. Por Chus Villarroel

La experiencia de estos días de encierro me hace sospechar que mucha gente, aun entre los creyentes, tiene a Jesucristo muy trasnochado. Sin embargo, Jesús no se puede quedar en el pasado. Jesús de Nazaret es un ser histórico pero el Resucitado vive actualmente. Se acerca a nosotros, vive en nosotros, sucede en nosotros. Es Cristo quien vive en mí, dice Pablo. De una manera especial llega a nosotros por la eucaristía, la Palabra y la acción directa de su Espíritu. Por tanto, nuestra relación con Cristo no es un recuerdo del pasado, es una acción y presencia viva.
La sensación con la que vivían los cristianos sus acontecimientos al principio no era la de un Cristo muerto sino vivo, resucitado, presente, presto a hacer el milagro y a intervenir en cualquier momento y sobre todo en la oración. Creemos en el mismo Cristo, ¿dónde está la diferencia? En que para unos es recuerdo y para otros es vivencia. Si vas dejando a Cristo en el pasado el recuerdo puede con la vivencia, es foto fija, es manejable y coleccionable en ideas o clasificaciones. Yo tengo compañeros que escriben cosas maravillosas del pasado pero no entran en el hoy de la vivencia. Ahí se quedan. Entrar en el hoy significa conversión, obediencia, entregar la vida. Son sabios en el pasado y estériles en el presente.
El hecho diferencial en este caso es la conversión. Esta nos introduce en el presente en el que Jesucristo vive. Nos introduce en una experiencia viva guiados por el Espíritu Santo. Las ideas son válidas si están al servicio del presente, de lo contrario son nichos de vivencias muertas, es como dejar que nos gobierne un hombre viejo pasado de todo. Si nos enfrentamos al coronavirus con un alma muerta buscaremos vida en el cuerpo o donde sea, en el consumismo, en el despilfarro, en toda clase de vanidades.
Que nadie piense que estoy criticando a otros, a la sociedad, a la cultura de muerte en la que vivíamos. No, mi problema principal soy yo mismo. Quiero vivir en el presente de Cristo y no me es fácil y eso que no busco a Cristo solo por fe sino hasta por cálculo humano. Yo, aún en lo humano, apuesto por Cristo y su resurrección, porque si no me ahogaría la caducidad del tiempo. Cristo es una figura del todo acorde con mis más profundas nostalgias espirituales y humanas. Tampoco lo hago para ser bueno o mejorar el mundo. Yo no tengo llamada para mejorar el mundo, me basta conmigo mismo.
Nunca pensé que en mi vida viviría una peste como las medievales. Muy altivamente daba por imposible esa posibilidad. Nunca pensé que iba a tener vivencias de compañeros caídos junto a mí como en una guerra, compañeros que ahora que ya no están me evocan la cantidad de vida que hemos hecho juntos. Tampoco sabía que les quería tanto. Pues bien, estoy viviendo una peste como las medievales. Entonces caían más porque estaban menos preparados. Pero lo especifico de la muerte en una peste es el arrebatamiento. Te quita a tus amigos como en un arrebato sin pedir ningún permiso. Y en el caso actual peor todavía que en la Edad media porque la peste, aliada con las autoridades, no te dejan ni siquiera despedirlos. En la Edad Media todo el mundo podía ir al cementerio detrás de la carreta cargada de cadáveres hasta que dejaba de circular la carreta por la muerte del carretero. Ahora no es así pero les entierran a los doce días y solos, tan solos como murieron.
Me acabo de sonreír para mí mismo porque al escribir esto me he dado cuenta de que mañana es 29 de abril, día de Santa Catalina de Siena. En este confinamiento casi nunca sé en qué día vivo. Ya he hablado un día de ella porque vivió la peste negra de 1350 a tope con la muerte de muchos sobrinos, niños todavía. Entonces tenían otra teología muy distinta de la nuestra pero también otra fe muy distinta. Lo digo porque cada sobrino que se moría en sus brazos, rezando con él una oración, aunque fuera un niño, gozaba de podérselo entregar al Padre del cielo sin miedo ni pérdida de ninguna clase. El niño iba derecho al cielo. Y, si el niño no estaba bautizado, lo bautizaba ella y se le redoblaba el gozo porque el bautismo era el pasaporte más seguro para su entrada en el cielo. Su Cristo no quedaba en el pasado, le vivía en cada minuto y en cada persona que ella ayudaba a bien morir.
“Arreciaba la peste en Siena (año de 1347) y Catalina se lanzó de cabeza entre los apestados y se zambulló en la muerte sin morir y asombró al pueblo donde había nacido. Primero en su propia casa donde Lapa, (su madre) resistía al frente de once nietecitos de los cuales murieron ocho. Catalina los sepultó con sus propias manos pues no había que pedir ayuda para los muertos cuando los vivos la necesitaban toda. Con cada uno que enterraba repetía: “A éste ya no lo pierdo para la eternidad”.
Catalina se movía con sus mantelatas por toda la ciudad. Pasaba la carreta cargada de cadáveres y el carretero llamaba a cada puerta: quien los tenía recientes los cargaba y el carro seguía su marcha fúnebre. En algunas calles ninguna voz respondía ya a la llamada: las casas eran ya tumbas y los sepultureros no subían a retirar a los muertos. Morían también los sepultureros y algunos de los que pasaban caían de improviso, y allí, tendidos sobre el adoquinado, agonizaban sin que nadie les pudiera prestar atención. Había muerto el carretero”. (Nos lo cuenta Caffarini, su biógrafo y  testigo ocular).
Ahora ya se nota revuelo en la colmena porque parece que el presidente del Gobierno pretende para principios de mayo aliviarnos un tanto el confinamiento. El domingo pasado se permitió a los niños salir un rato de casa acompañados de algún mayor. Parece que algo se mueve. Nunca sabemos la capacidad de resistencia que tenemos, porque bien pensado la paliza que nos han dado en estos cincuenta días de encerrona ha sido dura. Yo no sé si es suficiente para que aprendamos algo o va ser como el recuerdo del huésped de un día para el posadero. No sé, pero quiero creer que sí.