37. Bodas de diamante. Por Chus Villarroel

Alguien dijo que, aunque el enemigo en un momento dado de la historia pudiera destruir todas las iglesias de la tierra, en algún lugar quedaría algún sacerdote vivo que diría la Misa para asegurar la presencia física de Jesucristo en este mundo. El mismo Cristo se cuidaría de que ese sacerdote quedara. Yo les aseguro que ese sacerdote, aunque fuera un renegado, aunque hubiera sido un pecador degradado por la misma Iglesia, diría la Misa lleno de alegría, inspirado por el Espíritu Santo, porque el sacerdocio imprime un carácter indeleble. Por eso, aunque fuera un renegado podría decir la Misa y la diría con sumo gusto porque un sacerdote puede renegar de su condición de sacerdote pero no del sacerdocio que es algo que lleva troquelado en el alma.

Os voy a hablar de esto porque quiero con ello haceros partícipes de que hoy, 18 de abril, cumplo mis bodas de diamante. Sesenta años de sacerdote. 18-04-60. Si he de deciros la verdad lo estoy celebrando más que las de plata y las de oro. Al preguntarme por qué pienso que es, me respondo diciendo que es porque lo entiendo todo mejor y lo valoro todo mucho más. En los diez últimos años de mi vida, a causa de dos duros cánceres de recto, he tenido que decir la Misa casi siempre en mi habitación. En esas Misas he llegado a la suma pobreza porque algunos días y temporadas estuve incapacitado para tener un momento de atención, fijarme en lo que estaba haciendo, dejar de distraerme ni un solo segundo. Me diréis: Y en esas circunstancias ¿por qué decías la Misa? Eso mismo me preguntaba yo pero no pude dejar de hacerlo. Otros me decían que la Misa es para el pueblo. Sí, pero yo siempre me sentí ministro y pueblo.

El hecho es que para mi vida espiritual esto ha sido muy fructífero. He entendido que en mi pobreza absoluta siempre suplet ecclesia y que el poder de la eucaristía viene de Jesucristo y no de mis buenas artes. Tengo una sensación fuerte y clarísima de que las eucaristías que vengo diciendo con esta pobreza, aunque ahora ya mucho mejor, han estado llenas de poder. De un poder que yo no controlo ni dirijo y que también me impedía dejar de celebrarlas. Sabía que para alguien era importante esa Misa, fuera la más pobre o la más atenta.

Porque yo en el ofertorio o en la presentación de los dones, como se dice ahora, nunca dejé de poner al pueblo junto con el pan y el vino. Mucho del jugo de mis eucaristías me venían del pueblo, de las personas por las que rezaba, de las situaciones que estaban viviendo, de la coyuntura mundial. Cuando escribía algún libro, y era continuamente, lo ponía junto al pan y el vino pensando en los que lo iban a leer. Así me lo daba el Señor. No para que lo leyeran muchos sino para que, aquellos a quienes se les diera la gracia de leerlos, les hiciera bien.

Siempre me ha gustado dar a la gente de lo que yo recibía. En la Renovación carismática aprendí a utilizar la palabra alimentar. Cuando la gente te dice que la predicación o el escrito le alimenta, esta palabra se tiñe de unción y de gracia de Espíritu Santo. Mi servicio a los demás que es otro de los elementos esenciales del sacerdocio, siempre lo he hecho sobre todo por medio de los carismas más acordes con mi vocación de dominico. Estos carismas son la predicación y la escritura. Jesús está en la eucaristía pero también en la comunidad. El sacerdote tiene que servir y alimentar a la comunidad de fe distribuyendo también la palabra de Dios en sus múltiples facetas y haciendo especial hincapié dentro de ella en los pobres y necesitados.

Yo ahora me doy cuenta, y así me gusta pensarlo, que he sido llevado y dirigido.  Termino mi vida profesando esta fe que, en algún momento, tal vez, no la tuve tan clara. Dios me ha conducido paso a paso. Me hizo descubrir de joven una filosofía y una espiritualidad que me han facilitado enormemente una vida de intimidad con Jesucristo. En el centro de esa filosofía está la palabra vivencia y a través de ella he captado mi relación con él. Un amigo sacerdote describe su intimidad con Cristo como tirón esponsalicio. Me gusta, aunque no es mi vivencia preferida. Yo voy más bien por una intimidad de amistad atraída por lo humano de Jesús. Creo que el Espíritu Santo me ha revelado en su humanidad los tesoros más grandes que yo pueda imaginar.

A través del Jesús hombre y de su carne que es donde se ha realizado el misterio de la salvación yo he podido llegar a la amistad en la que me encuentro feliz. Esta perspectiva eucarística me emociona. Él se ha entregado por mí y yo lo celebro con pan y vino. Esta entrega gratuita ha sido la vivencia más santa y poderosa que he tenido. El saber que él me ama gratuitamente justifica mi pequeña y balbuciente vida y aunque haya malgastado mucho de su amor me hace percibir que se siente feliz de mí. Al hablar de la otra vida yo nunca menciono la palabra Dios. Mi contacto es Jesucristo, el hombre Jesús, ese con el que me encuentro en la eucaristía, que me llevará allí exactamente al sitio donde yo tenga que ir.

No he necesitado por eso hacerme santo, ni acumular méritos ni preocuparme demasiado por mis obras. Me interesa más la amistad personal con Cristo por atracción y empatía profunda: no necesito justificarme de nada delante de él. Él es el que me justifica. El Espíritu Santo me da el poder vivir así esta relación. Con lo cual, la esencia de mi sacerdocio la veo más en la intimidad y en la adoración que en ninguna otra tarea.

Cuando yo era joven había un libro titulado “Diario de un cura rural” de un tal Bernanos. A mí me impresionó mucho su lectura. Aunque era en ámbito francés me veía reflejado. Se trataba de un cura joven con muchos problemas y complejos y una relación difícil con Dios. No se sentía querido por Dios, más bien le tenía miedo. Y un cura con miedo a Dios es algo bastante triste. Su vida estaba marcada por esas tristezas y esas angustias. Pensaba que iba a ser duramente juzgado. Murió muy joven de cáncer de estómago. En una visita a la ciudad le dio un gran ataque. Buscó a un amigo ex sacerdote que le recibió en su casa. A media noche se agravó en medio de grandes vómitos. Le pidió que le confesara a pesar de su situación pero este llamó al Vicario de la parroquia vecina. Sumido en sus estertores y su congoja espiritual el exsacerdote le consolaba por la tardanza del vicario. En esta espera, en un profundo y largo silencio, el enfermo, un momento antes de morir, cogió la mano de su amigo y le dijo en un susurro ya lleno de paz: Ya me da lo mismo que venga o no venga. Acabo de entender que todo es gracia.

​​​​​​​Chus Villarroel 18-04-2020

Post data: Quiero comunicaros, para que nadie se extrañe, que voy a estar dos o tres días sin mandaros la meditación. Parece mentira que estando confinado tenga tan poco tiempo. Soy el cocinero desde hace cinco semanas, no he puesto ninguna lavadora, no he limpiado la habitación ni hecho la cama y en cuanto al aseo personal, lo justo. Por eso tengo que dedicarme algunos ratos a hacer estas cosas. Además, cuando pongo ropa a lavar, la que lava es la lavadora, pero yo termino rendido. Después volveré a comunicarme con vosotros porque esto del confinamiento parece que va para largo.