Las dos teologías

Las dos teologías

 
En un lugar de Castilla, cuyo nombre no es necesario mencionar, hay un viejo monasterio donde habitan una veintena de monjas contemplativas. Algunas son todavía muy jóvenes, incluso de velo blanco, es decir, novicias, que apenas superan los veinte años. Esta historia se refiere a ellas de una manera especial.
Han venido de sus casas al convento con una formación religiosa muy al uso y bastante bien asimilada. Se trata de una formación corriente, clarificada por varios siglos de rodaje, donde hasta ahora se encontraban bien pero no demasiado motivadas ni felices. No obstante les ha valido para despertar en ellas deseos de algo más y por eso se han decidido a entrar en el convento. Su corazón es muy sincero en esa búsqueda.
Al llegar al monasterio se han encontrado con que se les ha enseñado otra cosa. Se les ha hablado mucho de Jesucristo y poco de Dios, mucho de gratuidad y poco del pecado. Se les ha puesto en primer plano no la fuerza de voluntad y el propósito de la enmienda para llevar adelante y perseverar en los compromisos, sino que se les ha inculcado la acogida en sencillez de la acción del Espíritu Santo. Como digo: apenas se les habla de Dios y sí mucho de Jesucristo vivo y resucitado.
Se encuentran felices con esta visión que les parece nueva respecto a la tradicional pero a la vez un poco dudosas y desconcertadas. Hace unos días la maestra de novicias me llamó para que estuviera tres días con ellas y les ayudara en el tema de la formación. Fueron tres días de inmersión casi total en el mundo de la espiritualidad y de la teología. Tengo que decir que dos de ellas habían sacado nueve y medio en la nota de selectividad. Tienen por lo tanto unos cerebritos que no son fáciles de satisfacer. Querían pasar los tres días haciéndome preguntas. Yo les dije que no, que al principio de cada sesión tendrían que escuchar una charlita de unos tres cuartos de hora porque, de lo contrario, la racionalidad nos iba a dejar secos a todos.
Me explicaron su problema. Me dijeron cómo venían al convento con una experiencia religiosa, no muy urgida ni satisfactoria, pero que les daba ciertas respuestas y ahora se encontraban con otra que les hacía vibrar más pero que les costaba asimilar. Entonces la primera pregunta que me hicieron caía de su peso. “¿Qué pasa? Es que hay dos teologías? ¿Hay dos formas de vivir el cristianismo? ¿Colisionan, se complementan, se contradicen?” A una, en su lenguaje, la llamaban Teología de Dios y a la otra de Jesucristo o de la gratuidad. Yo les respondí como mejor supe y, esta respuesta, te la ofrezco a ti, lector, para que puedas opinar tú también y formarte tu criterio
 

La teología de Dios.

 

En ella el objeto de la fe es, sobre todo, Dios. La gente dice: “yo creo en Dios, confío en Dios, amo a Dios o rechazo a Dios”. ¿A qué Dios se refieren? En el mejor de los casos al Dios del credo cristiano: Creo en Dios Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible… En una enfermedad, en momentos de gran apuro, casi todo el mundo, apela a Dios, trata de invocarlo y ora con mucha fuerza. Todos lo hemos hecho. En medio de tu dolor te sale más natural referirte a Dios o quizás a la Virgen pero a Jesucristo menos. Una hermana mía, que murió de cáncer a los cincuenta y algo, su tirón de súplica y amargura siempre le llevaba a Dios. Yo quería que se identificara más con Cristo pero se hallaba más a gusto con Dios.
Las familias de estas chicas tienen esta visión de la religiosidad. Mi madre también y yo durante mucho tiempo hacía lo mismo. El problema al invocar a Dios se complica porque hay un pecado original que nos separa de él y otros muchos pecados personales. La relación con Dios desde el pecado es imposible. Necesitamos congraciarnos y reconciliarnos continuamente con él. Necesitamos confesarnos y tranquilizar la conciencia, de lo contrario surge la culpabilidad y la sensación de indignidad y en casos más graves hasta de sacrilegio.
Aquí entra en juego Jesucristo en esta espiritualidad. Su papel es el de Salvador. Nos ha salvado porque siendo de naturaleza divina se hizo hombre y nos ha reconciliado con Dios. Con otras palabras: nos ha abierto las puertas del cielo; existe la posibilidad de franquear de nuevo las puertas del paraíso. Jesús es nuestro Salvador y nuestro Redentor. Sin él estábamos condenados al ostracismo eterno, alejados siempre y ajenos al rostro y al cariño de Dios. Le debemos un inmenso agradecimiento. Aún hay más: Jesús no es solamente nuestro Salvador es nuestro modelo. Es el ejemplo a imitar. Debemos hacernos semejantes a él, revestirnos de sus sentimientos, hacernos partícipes de su visión sobre la vida, sobre las cosas, sobre los pobres. Más aún: Jesús no sólo es Salvador y modelo sino que nos da su gracia y nos ayuda en la lucha contra el pecado, en las tentaciones, en el crecimiento hacia la perfección. Una meditación sobre estos tres temas en que Jesucristo se nos hace presente es de gran utilidad.
A alguna de las chicas le conmovía esta visión de Jesucristo. Discutían entre ellas. ¿Qué más se le puede pedir? Otras decían: “Jesucristo es otra cosa”. Yo continué: El problema es que el peso de nuestra salvación recae sobre nosotros. Esta teología, en la praxis, nos hace protagonistas de nuestra salvación y de nuestra santidad. La gracia nos ayuda pero los que debemos poner el esfuerzo y la fuerza de voluntad somos nosotros. Tenemos abierta la puerta del paraíso pero hay que llegar a ella, debemos ganarnos la vida eterna pero el éxito de la salvación depende de nosotros. Para alguna novicia estaba claro que el ganarse el cielo dependía de ella y de sus méritos. Hablaban mucho del mérito de las buenas obras. En efecto, el concepto de mérito es esencial en esta pelea por la salvación. Acumular méritos y gracia es algo esencial. La razón es que la figura de Dios en la que crees te va a juzgar con el premio o castigo final. Este miedo cohesiona y espolea el esfuerzo religioso.
Esta teología se mantiene por dos sentimientos profundos que motivan mucho al hombre: el deseo del cielo y el miedo al infierno. Estos dos elementos son clave en esta espiritualidad de Dios. Ellos dan fuerza para la lucha contra el pecado y la adquisición de virtudes en orden a la perfección. Ellos nos espolean. Son elementos que en determinada cultura resultan gratificantes. A mucha gente le gusta el radicalismo. Luchar contra el pecado y vencer, si es posible hasta la más pequeña imperfección, a uno le gratifica mucho. Poder mantenerse en gracia por el propio esfuerzo y las propias cautelas nos aumenta la autoestima. Vencer al infierno y ganarse el cielo después de una denodada lucha por la virtud te da la sensación de haber cumplido la tarea haciéndote digno de Dios. Hay muchos monasterios dominados por estas tendencias radicales que están llenos de gente.
En esta teología apenas se menciona al Espíritu Santo. Simplemente no es necesario. Si puedo yo salvarme con mi propio esfuerzo ¿para qué más? En una cultura de esfuerzo este radicalismo de los propios méritos ha podido mantenerse. El hombre actual, sin embargo, muy agobiado, no admite el esfuerzo de la virtud. Tiene que dedicar sus fuerzas a otras cosas. Como hábitos que son, las virtudes requieren una repetición de actos para que se fijen y una continua vigilancia para que no decaigan. Al hombre agobiado de hoy dentro de las actuales estructuras de trabajo no se le pueden pedir más sacrificios.
Esta perfección tal como se ha llevado en la práctica es demasiado humana, aunque se diga que está ayudada por la gracia. Nos preguntamos: ¿este esfuerzo nos lleva a Dios? ¿Nos lleva al amor? ¿Nos lleva a la comunión? ¿Necesita comunidad? Parece que es algo creado por la gracia. Ahora bien: ¿la gracia puede ayudar a nuestro protagonismo? ¿No nos hará fariseos y soberbios? El Dios al que ofrendamos todo este gran esfuerzo religioso ¿no será un producto racional de nuestra mente? ¿Se conquista el cielo con la más altísima virtud o es de otra índole? Santo Tomás dijo que para salvarse no basta con las virtudes, tienen que actuar los dones del Espíritu Santo. No hay un paso automático entre los dos planos.
Yo pienso que a los españoles nos va bien esta forma de religión. Es muy tradicional y toda nuestra cultura se ha configurado con este tipo de valores. No obstante, esta teología está sufriendo serios embates actualmente y se está viendo que al mudarse la cultura que la sustentó no es capaz de mantener a la gente en la iglesia y en la práctica religiosa. ¿Se podrá reconstruir algún día con esta teología el catolicismo español? Me temo que no porque en ella el Espíritu Santo es el gran ausente, al menos teóricamente, y sin él no es fácil la tarea.
El análisis al que sometimos a esta forma de cristianismo nos dejó agotados porque le dedicamos muchas horas. Algunas novicias decían: “Vale, estamos de acuerdo pero ¿se puede sustituir esto por algo nuevo y distinto? ¿No habremos llegado a un callejón sin salida?” Otras no se resignaban porque sus familiares están totalmente inmersos en esta forma de pensar. Su religión es ésta y lo mismo su idea de Dios. Estos seres queridos aunque tengan una moral deficiente, aunque no se sientan a gusto con su rendimiento espiritual, aunque no se lo puedan comunicar a sus hijos, aunque no les dé una gran fuerza y alegría de vivir, no buscan otra cosa. Piensan que el radicalismo religioso sólo puede ir en la línea del compromiso, del sacrificio y de la ascesis torturante. Sin la muerte al propio yo no se puede llegar a ninguna parte. El tema, claro está, es si en este esfuerzo purificador muere el propio yo o, por el contrario, sale fortalecido.

Teología de Jesucristo o de la gratuidad

 

El papa nos convoca a todos a una nueva evangelización. Uno se pregunta. ¿Desde dónde? Si lo hacemos desde la teología que hemos descrito la conversión no puede consistir en otra cosa que en ser mejores y más radicales en la lucha contra el pecado, en la adquisición de virtudes y en la ascesis para dominar nuestras tendencias. La evangelización tiene que incidir en ser mejores y en comportarse mejor. Sin embargo, nunca habrá nueva evangelización si no nos encontramos con Cristo. No se trata pues de insistir en las buenas obras sino de encontrarnos con Cristo más y más.
Hay una segunda teología que quiere dar respuesta a esta alternativa. Procede genéticamente. ¿Cómo empezó nuestra fe? No le ha precedido ninguna idea ni siquiera la de Dios. Se trata de un hombre que pasó por este mundo, que murió como todos pero que algunos a los tres días le vieron resucitado. La fe en esta teología nace de un anuncio, del kerigma, en el que se proclama que el hombre Jesús, muerto por los poderes de este mundo, ha sido resucitado. Jesús vive, Dios lo ha declarado Señor, Ungido y Juez de la historia. Un personaje, ya muy citado en el Antiguo Testamento, el Espíritu Santo, se hace aquí el eje y centro de toda actuación. Él nos revela que el resucitado no sólo es un hombre sino un ser con personalidad divina. Tomás pudo hacer en ese momento la oración más bella de toda la Biblia: “Señor mío y Dios mío”.
El día de Pentecostés bajó ese Espíritu sobre los apóstoles y les hizo comunidad e iglesia; comunión y misterio. Se sintieron unidos en la muerte de Cristo y aliviados en el poder de su resurrección. Desde el primer instante brota el gozo, la alegría y la celebración. Es el Espíritu Santo el que nos enseña quién es Jesús, nos aclara sus palabras y nos da sentido a toda su vida, muerte y resurrección. Somos cristianos porque creemos en esta fe.
Una de las cosas que nos enseñó Jesús y nos ilumina el Espíritu es que hay un Padre en el cielo que con el Hijo y el Espíritu Santo forman trinidad. Nuestro Dios es comunitario. Y creó al hombre como un ser social y comunitario a su imagen y semejanza. Por eso un hombre solo no es imagen de Dios. En esta teología la comunidad es esencial. Así como en la otra para adquirir virtudes y pureza los demás no eran necesarios sino que estorbaban porque producen tentaciones, en esta teología sin los demás no puedes alcanzar a Dios ni a Jesucristo.
¿En qué lugar quedan aquí las virtudes y los pecados? No son el centro de la vida religiosa. El centro es Jesús y su salvación. Es sobre él sobre el que ha caído el peso de nuestra salvación. Él ha cargado con todos nuestros pecados. Ya estamos salvados. Antes de nuestro nacimiento ya nos había recatado Jesús de todos nuestros pecados, incluso de los que no hemos cometido aún. Ni nuestros esfuerzos ni las buenas obras ni los méritos ni las virtudes nos salvan, solo el sacrificio de Cristo en la cruz y su resurrección son los que operan tal misericordia sobre nosotros. La fe, pues, se trasforma en confianza, virtud que Aristóteles no pudo vislumbrar. Y eso porque la única ofrenda que agrada al Padre es la de Jesucristo y la de los que quieran unirse con él. No hay condenación posible para los que están en Cristo Jesús. Eso es lo que celebramos todos los días en la eucaristía.
Las virtudes, la ascesis y todas nuestras bondades quedan relegadas a la parte moral de la vida. Son importantes como elementos válidos para la formación y para la preparación del sujeto humano, pero la salvación la actúa el Espíritu de Dios gratuitamente por medio de Jesucristo. En esta teología el que cree: en vez de virtudes se llena de dones, en vez de obras buenas se llena de frutos, en vez de proyectos y planes recibe carismas. Todo es regalo de Dios, todo don. El ideal religioso no es la perfección y la pureza sino la comunidad y el amor de los unos para con los otros. La Iglesia no es sólo institución sino comunión y misterio. Es un pueblo que camina hacia un lugar y un tiempo donde volveremos a ver a Cristo en su presentación final.
En este caso la lucha contra la imperfección, la impureza y el pecado no es agobiante. Existe el pecado, y la sangre de Cristo no fue ninguna broma, pero el aguijón y la amargura condenatoria han sido suprimidas en Cristo, realidad que se vivencia en la confianza. Lo mismo sucede con la muerte y todas las demás consecuencias del pecado. Los remordimientos, los escrúpulos, las culpabilidades, los sentimientos de indignidad no tienen cabida en esta tendencia. La patología moralista de la que harta experiencia tenemos los confesores no tiene razón de ser en esta espiritualidad. Cristo, el único Señor, nos ha liberado de todos los demás señores incluidos el pecado, los miedos y la muerte. Por eso en esta espiritualidad no se habla de propósitos de enmienda sino de entregarle todo a Cristo para que lo perdone, sane y resucite.
Está claro, por tanto, que en esta espiritualidad no se pasa por alto  el pecado. Es más deplorado, si cabe, que en la otra. No obstante, el don  de temor de Dios que tiene relación con él, no es un miedo servil a la condenación y al castigo sino que aquí muda y se trasforma en temor a perder a Dios. A este nivel el don de temor actúa desde el amor y en el otro desde la condenación y el castigo porque uno no se siente amado sino juzgado. La posibilidad de un pecado consentido u oculto que endurezca el corazón no se puede enfrentar cara a cara en esta espiritualidad y, de hecho, alguno que lo comete lo tiene que racionalizar. La formulación es: “cualquier cosa menos perder a Jesucristo”. Cultivando la presencia del Espíritu Santo uno no sale del terreno de la gratuidad que siempre engendra confianza y liberación. Lo mismo sucede con la cruz. La salvación y la santidad son gratuitas pero suceden en tu carne y tu historia y las tienes que asumir. Eso sí, tendrás la fuerza y la gracia oportuna para ello. Ahí habrá mérito pero el de la obra de la gracia en ti. María fue colmada de méritos pero no por lo que hizo sino por la aceptación de lo que sucedió en ella.
Lo difícil de esta espiritualidad es que requiere mucha fe, requiere una experiencia viva del Espíritu Santo, requiere un pentecostés. A los racionalistas les va mejor la otra forma de vivir el cristianismo porque es más comprensible a nivel humano. Ellos aunque tengan que luchar contra el pecado y trabajar por la virtud se sienten mejor en la otra porque todo es más manejable desde uno mismo. Al tratarse de la propia fuerza de voluntad, pueden más o menos dominarla y domesticarla. Incluso la gracia puede ser cosificada como ha sucedido en los últimos siglos: se hace algo creado, algo que se puede perder pero también ganar, conservar y acrecentar desde el propio esfuerzo.
Con estas reflexiones la división entre las novicias afloraba continuamente. Las posturas se hacían casi irreconciliables. El problema es que las que lo tienen saben que lo tienen pero las que no lo tienen no saben que no lo tienen. Las que son presa de la duda razonan mucho y, lo peor, es que piensan que es a ese nivel al que hay que entender las cosas. Mientras discutían, yo pensaba que la nueva evangelización no puede ser otra cosa que tratar de llevar a la gente al nivel del don. De lo contrario el cristianismo nunca será más que una práctica ascética o de cumplimiento como cualquier otra religión. El cristianismo del siglo XXI, se ha dicho, o es místico o no será. Donde no hay experiencia clara del Espíritu no hay posibilidad de escapar de las obras, de la moral y de la ascesis. En cambio, las que la tienen, disfrutan antes del encuentro con Cristo y sólo más tarde descubren el sentido a esas cosas, colocadas ya en su sitio.
Para estas muchachas toda esta reflexión no era una cuestión teórica. Se trataba de su vida. Han entregado su juventud, su vida entera y quieren conocer su más profundo sentido. Todos los días tienen que ir varias veces a cantar en coro la alabanza del Señor. ¿Lo hacen desde la rutina o desde una conciencia clara de ser llamadas, queridas, perdonadas, amadas en cada minuto? Si lo hacen desde la primera teología su motivación será el cumplimiento del deber, el ganar méritos, el dominarse a sí mismas, el estar en gracia, el qué dirán de la comunidad. Desde esa teología no les será fácil encontrar una relación de amor con Dios ni sentirán factible una moción del Espíritu Santo. Lo peor es que ni la echarán de menos. Desde la segunda opción irán no por obligación sino interiormente motivadas, por deseo propio, por amor, por disfrutar del don de la alabanza. Yo les hablaba de la alabanza en lenguas y los ojos les hacían chiribitas. Lo cierto es que sólo desde esa perspectiva puede darse esa forma de oración.
Sea lo que sea de ambas teologías, no debemos olvidar que sólo son teologías. El acertar y escoger la mejor nos puede ayudar muchísimo. Ahora bien, la calidad de un cristiano se mide por la caridad. Mi madre pertenecía a la primera, yo a la segunda teología. ¿Quién será a la postre mejor cristiano? El que haya actuado con más caridad y mi madre tenía mucha. Sólo Dios lo sabe. Eso sí, la alegría y el gozo de sentirte salvado y de vivir en la libertad y la confianza sin caer en la gracia barata es un don maravilloso al que se accede en la segunda teología. Mi madre fue muy santa, yo lo sé, pero su fe no le quitó muchos miedos e inseguridades propias de su tiempo y de la doctrina del momento.
 
Feliz Navidad
22 de diciembre 2012
Chus Villarroel O. P.
Artículo publicado en Religión en Libertad.Enlace directo.