Proclamar la palabra. Mensajeros de alegres noticias

La palabra de Dios no llega al hombre como un sedante, sino como un aguijón; no ha sido pronunciada para nuestro sosiego y reposo, sino para nuestra “intranquilidad y  desasosiego”. Se diría que un no la ha escuchado realmente hasta que no siente una necesidad “biológica” de comunicarla a los demás. El hombre que ha sido «alcanzado” por la palabra ya no conoce treguas ni reposos, el silencio le resulta imposible y “culpable”, la palabra le quema los huesos. Y, por un proceso tan sencillo como inevitable, se convierte de sedentario en caminante, de oyente en proclamador de alegres noticias.
Sereca, Madrid 1992, 221 pp